lunes, 5 de marzo de 2012

El demonio de las dos caras


Por Amador Caballero

Revisa:

 http://opinionesquispichix.blogspot.com/ 


                                                       Capítulo V: El rescate de Kuya

Entre los awqas había llegado el rumor de la llegada al palacio de Tawa de una pequeña bruja, por ello, la seguridad que tuvieron con Kuya fueron extremas. Entró encadenada y completamente adormecida por una hierba que le dieron a beber, para evitar que pueda realizar alguna magia con el poder de su mente. Sin embargo, aún conservaba lucidez para dejarse sorprender por lo que estaba observando. Era la primera vez que Kuya entraba al palacio de Tawa. La belleza de sus construcciones le era impresionante. El sabio Kaipacha le había contado de lo hermosa que había sido Paccha antes de la invasión y este palacio era uno de los pocos que se habían salvado después de la destrucción. Kuya se preguntaba: “¿Por qué las construcciones serán tan gigantescas si los runas somos tan pequeños?”. Recordó, que en sus clases de historia, había aprendido que hace millones de años, los runas habían tenido casi dos metros de altura y siempre vivieron rodeados de animales gigantescos, a los cuales tenían que brindarles un lecho tan grande como ellos para poder domesticarlos y así puedan sobrevivir. También los runas se dedicaron desde siempre a extraer el magma azul como principal fuente de su economía, para ello tenían que permanecer varias horas durante el día en las profundidades de la tierra y gracias a la evolución de su especie la piel desprovista de pelos se cubrió de vellos sedosos para su protección, los dedos de sus manos y de sus pies se adaptaron en zarpas especializadas para realizar excavaciones con rapidez, pero también alguna peculiaridad en sus manos los hacía únicos para moldear el magma azul y convertirlos en hermosos qoris, comenzaron a ver con facilidad en la oscuridad, el cuerpo se les volvió pequeño para moverse con habilidad bajo la tierra y duro para poder resistir la caídas de grandes alturas, adquirieron una flexibilidad que les permitía realizar grandes saltos. Lamentablemente, el qori también atrajo la ambición de otros planetas y tuvieron algunas guerras y disputas, por ello la mente de algunos runas evolucionó a la de los apurunas y el cuerpo de otros a la de runasalqas para poder combatir con sus invasores.
Kuya pasó por el pasadizo de las estatuas, años atrás se encontraban las esculturas de los antepasados de los runas. Desde los héroes guerreros hasta el gran Quispichix, pero habían sido destruidas por los awqas y ahora se podían ver a los demonios petrificados. Kuya se sentía cansada, sus ojos intentaban cerrarse, pero luchaba para continuar observando hasta el más mínimo detalle. Notó que los awqas del palacio eran diferentes a los que había visto en Ñawpaq, estos sí la asustaban, eran mucho más grandes y musculosos, sus tres cachos triangulares en las que terminaban sus cabezas parecían estar más afiladas, sus pieles cubiertas por duras escamas se veían mucho más grises y sus extremidades terminadas en puntas desiguales parecían que la iban a destrozar. ¡Kuya empezó a temblar de temor! Había algo diferente en las miradas de estos awqas, eran miradas de maldad. Esta vez el cansancio de Kuya era superior a su curiosidad y cayó rendida en un profundo sueño en el que se reflejaron todos sus temores: Caminaba por un sendero de flores azules, siempre le había gustado ese color, pensaba que la belleza de su planeta se debía a su color azul. De pronto, las flores empezaron a crecer y a formar un gran colchón en donde podía recostarse y saltar tan alto que parecía llegar a tocar al radiante Sol, pero las hermosas flores continuaron creciendo y en cada una de ellas se dibujó el rostro de los awqas, lloró y pidió a su padre que la ayude:
―¡Padre! ¿Dónde estás? ¡Tengo miedo! ¡Ven a ayudarme por favor!
Kuya corrió tratando de escaparse de ese bosque de flores azules, entonces vio la imagen de Kallpa, tal como lo había visto en los recuerdos de Kaipacha, que le decía:
―¡Ven hija, yo te mostraré el camino para que puedas huir!
Kuya tomó la mano de su padre y por primera vez sintió que lo tenía muy cerca a ella, que no la dejaría sola en este momento tan difícil. Corrieron evitando ser atacados por los awqas, en eso, una bola de fuego cayó sobre Kallpa y los apartó. Kuya se había quedado nuevamente sola. Volteó para ver de dónde provino ese fuego y sintió la presencia de una persona que amaba pero no lograba reconocer quién era. La imagen difusa le dijo:
―¡Mi pequeña, Kuya! Te llevaré a conocer un lugar maravilloso.
―¿Por qué mataste a mi padre? ―le preguntó Kuya.
―No mi pequeña. Sería incapaz de hacerles daño. Ven, toma mi mano.
Kuya avanzó hacia la persona que la llamaba, le tomó su mano y sintió que ya había tomado esa mano muchas veces. Creyó estar a salvo, pero enseguida, fue lanzada violentamente hacia un enorme hoyo negro que se había formado en el cielo y comenzó a introducirse dentro de él, mientras lo hacía, seres oscuros y sin felicidad intentaban tocarla… fue entonces cuando despertó aún adormecida y cansada en medio de un cuarto lúgubre, propio para los prisioneros. Kuya se quedó pensando en el extraño sueño que había tenido, vio hermosas flores azules que se transformaban en demonios, vio también a su padre que era asesinado por un ser que no pudo ver con claridad pero que lo sintió muy cercano, “¿quién era ese ser?”, se preguntaba la pequeña. Los awqas al verla salir del letargo, le abrieron la boca bruscamente para darle más brebaje y hacerla dormir nuevamente.

Entre tanto, Ahanash había llegado hasta una cueva de la montaña Picchu, desconocida por los runas. Había convocado a Lanlaku para garantizar que el poder de los tres salvadores de las profecías de Quispichix, pase a él y así se cumpla el deseo de ambos: “Conquistar al universo entero”. Estaban sentados en círculo, Lanlaku se esparcía a lo alto manifestándose como un ente sin luz, como una masa sin forma, sobresaliendo cuatro enormes ojos de sangre. Observaban a Kuya, gracias a la magia del demonio y de los apurunas sin voluntades.
―Así que esa cosa llamada Kuya, es la que acabará conmigo ―dijo Ahanash―. ¡Qué ridiculez! Se le ve tan pequeña e indefensa.
La voz de Lanlaku retumbó en la montaña Picchu. El espíritu del mal se había enojado por la confianza de Ahanash y le increpó:
―¡No seas imbécil! No menosprecies las profecías de Quispichix. Si ellas hablan de un
poder ilimitado es porque así es. Nuestra ventaja es que todavía los pequeños apurunas no se han encontrado y aún así tienen que pasar por un periodo de reconocimiento para que puedan fusionar sus poderes. Tenemos que atraparlos, robarles sus voluntades como a los otros apurunas y absorber sus poderes para nuestros beneficios.
―¿Cómo lo haremos? ―preguntó Ahanash―. La protegen seres poderosos como su madre y ese viejo Kaipacha, que me ha dado tantos problemas últimamente.
―Kaipacha ya no es problema para nadie.
Ahanash se emocionó y preguntó:
―¿Qué dice mi señor? Acaso, ¿ha matado a Kaipacha?
―¿Qué te importa insensato? No eres quien para enterarte de lo que haga. Recuerda que eres tú quien sirve a mis planes.
Ahanash, tomó una actitud servicial y agregó:
―Disculpe, mi señor, pero entonces que ha sido de los runas de Ñawpaq.
―Se encuentran reestructurándose en los subsuelos, pero no representan ningún peligro. A
ellos les daremos una sorpresa antes de que intenten salir de donde están a querer atacarnos. Sin Kaipacha apoyándolos estarán indefensos ante nuestro poder.
Ahanash empezó a danzar torpemente de felicidad y ante la mirada brusca de Lanlaku, paró en seco y luego preguntó:
―¿Qué haremos ahora con Kuya?
Lanlaku abrió aún más sus enormes ojos y en el centro del círculo que habían formado, mostró las imágenes de Janaxpacha y Wintata asechando el palacio de Tawa desde una montaña contigua.
―Ahora mismo iré a acabar con esa bestia ―dijo Ahanash exacerbado.
―Tranquilízate, demonio bruto ―lo detuvo Lanlaku―. Dejemos que Janaxpacha libere a su hija.
―Pero mi señor, tenemos que darle crueles castigos para que hable de los otros apurunas.
―No seas estúpido, Ahanash. No te das cuenta que ella apenas si sabe cómo usar sus poderes, menos sabrá donde están los otros salvadores. Si lo supiera ya estuvieran unidos y te hubieran aplastado como a un insecto.
―Es cierto mi señor, Lanlaku. Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer?
―Date cuenta, animal, que Kuya una vez libre, tendrá mayor confianza para ser atraída por los otros apurunas y cuando esto suceda los atraparemos antes que intuyan cómo fusionarse…
―Y ese pequeño que monta a la bestia, ¿quién es?
―Es sólo un runa común, bastante valiente, pero insignificante. Toma asiento, Ahanash. Veamos, que tanto tus awqas pueden controlar a una bestia tan poderosa e inteligente como Janaxpacha.

Janaxpacha, advirtió con la agudeza de su intuición ser observada por una fuerza clarividente, pensó que había sido descubierta por el demonio. A pesar de ello, decidió enfrentarse a los demonios.
―Wintata, hemos sido descubiertos por Ahanash. Tienes que quedarte aquí.
―No mi señora. No puedo permitir que nada malo le suceda. Necesita de mi fuerza para poder acabar con esos miserables awqas y su amo Ahanash.
―Por ello mismo mi pequeño valiente. Si no lograra salir del palacio de Tawa. Regresarás a Ñawpaq a buscar a los runas y a Kaipacha, para que vengan a salvar a mi hija.
―Mi señora, por favor, ningún runa me perdonará si la dejo morir en manos de nuestros enemigos. Déjeme entrar en lugar de usted. Soy más pequeño y puedo escabullirme sin que me vean.
―¡Basta, Wintata! Es una orden. Harás lo que te pido.
Janaxpacha retrocedió varios metros en la cima de la montaña para luego correr como un relámpago, dar un gigantesco salto y suspenderse en el aire como si tuviese la habilidad de
volar. Wintata al verla se quedó maravillado de los dones de los apurunas y runasalqas que los runas comunes como él no habían adquirido. Sin embargo, no se amilanó y dijo emocionado:
―Usted por los aires mi señora y yo por debajo de la tierra.
Mientras Janaxpacha llegaba hasta una torre del palacio de Tawa y reducía a un awqa vigilante, Wintata brincaba hasta tierra firme y se hundía en ella para construir un túnel hasta el palacio.
Janaxpacha retomó su apariencia de runasalqa antes de que dieran aviso de su abrupta llegada y comiencen a cazarla. Se deslizó sigilosamente por los pasillos que ella conocía bien, ya que había visitado el palacio de Tawa en varias ocasiones, pero en ese tiempo no habían cuartos de prisioneros. Tan sólo convertida en bestia podía agudizar su olfato y localizar a su hija, así que esperó encontrarse segura para poder transformarse nuevamente. Veía, colgada desde el techo de una de las salas principales, pasar a los awqas y le sorprendía que no la anden buscando. Estaba segura de haber olfateado la presencia de Ahanash observándola desde algún lugar de Paccha. Apretaba las paredes fuertemente con sus uñas para evitar caer, de pronto ya no pudo contenerse más y por intentar moverse a otro lugar, se deslizó un fragmento del techo hacia la cabeza de un awqa. El demonio levantó la mirada, pero no logró verla.
―¡Maldito techo! ―dijo el awqa renegando y destruyendo con sus patas, el trozo de techo en mil pedazos, mientras el resto de los guerreros reían sin parar.
Janaxpacha no se distinguía pegada en una esquina, en eso vio que por fin podía bajar y pasar a otra sala. Antes tenía que transformarse para dirigirse por el camino correcto, pero aún no era oportuno triplicar su volumen. Continuó recorriendo desorientadamente de sala en sala, tratando de descubrir en donde podía estar su hija.
―¡Por favor, mi pequeña, condúceme hacia ti! ―dijo Janaxpacha desesperada.
Kuya a pesar de estar bajo los efectos del extraño brebaje, sintió la presencia de su madre y despertó nuevamente, esta vez ningún awqa se dio cuenta.
―Madre, ven por mí ―musitó la pequeña salvadora―. Te necesito.
Janaxpacha había logrado intuir el lugar donde se encontraba su hija, gracias al amor que se profesaban. Y cuando iba a ir en su rescate, los awqas la descubrieron y dieron la voz de alarma. La valerosa runasalqa, luchó con su espada moviéndose con gran rapidez para lograr confundir a los awqas. Sin embargo, las redes de los awqas cayeron sobre ella sin alternativa de poder escaparse. En eso, el suelo se abrió y apareció Wintata que con gran habilidad, logró disminuir a varios awqas y llegó hasta Janaxpacha para cortar las sogas con su espada de dos puntas. Janaxpacha se transformó enseguida y se enfrentó con su fuerza superior a los miles de awqas que aparecían por ella.
―¡Wintata! ―se sorprendió Janaxpacha mientras combatía―. Tenías razón, debí permitir
que me acompañaras. Ve de frente y luego hacia la izquierda hasta el pasadizo de las estatuas y rescata a Kuya, mientras yo los entretengo un poco.
Wintata obedeció a Janaxpacha y continuó excavando hasta el lugar indicado, vio que al final había algunas prisiones resguardadas por feroces kukus, uno de ellos lo olfateó y se lanzó a devorarlo, pero Wintata logró huir por el subsuelo y, continuó cavando hasta la prisión de Kuya. Se conmovió por encontrarla aturdida y desmejorada.
―Mi querida, amiga ―le dijo Wintata―. ¿Qué te han hecho? Te juro que acabaré con los awqas.
Dos awqas entraron violentamente a la prisión, Wintata los enfrentó con coraje y de un golpe en medio del cuello logró derribar a uno y el otro recibió la estocada de su espada. Sacó las llaves de las cadenas que estaban sujetas a la cintura de uno de ellos y liberó a Kuya. En ese momento sintió la fuerza de Janaxpacha destrozando de un zarpazo la parte delantera de la prisión, rápidamente los montó en su lomo y dando gigantescos saltos, esquivó los rayos de las armas de los awqas. La bestia llegó hasta la cúspide de una torre y desde ahí debería saltar hasta la montaña contigua.
―Estoy amarrando a Kuya a su lomo ―le dijo, Wintata―.Yo me quedaré. No podrá saltar hasta la montaña con tanto peso.
Janaxpacha, casi sin pensarlo, cogió a Wintata con el hocico y dio uno de los saltos más impresionantes que había realizado, pero lamentablemente, un rayo logró darle en medio del cuerpo debilitándola y sin poder llegar segura a la cima de la montaña. Cayeron rodando varios metros hasta una enorme roca, en donde quedaron inconscientes varios minutos. Al despertar, unos awqas que no habían visto antes los rodearon:
 ―No teman, estamos de su lado ―les dijo uno de ellos―. Los protegeremos de regreso a Ñawpaq.
Los runas subieron a los kukus al lado de los awqas y marcharon hacia la primera Paccha con algo de desconfianza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario